La trayectoria de una escritora colombiana que en los cerca de 50 cuentos que escribió plasmó el amor, engaño, la enfermedad, el sufrimiento, las pesadillas, el crimen, el suicidio
Fotografía, Esther Arango, década de 1950

Hansel Mera | New York Hispano | Colaborador
Con las anteriores palabras se presentaba Esther Arango Peláez para celebrar la apertura de los Juegos Nacionales de 1928, llevados a cabo en Cali, Colombia. Por entonces era una joven escritora de 18 años, cuyos gustos encarnaban el ideal de una modernidad cinética, llena de velocidad, que celebraba el cuerpo entre faenas del sport, el baile y hasta otras formas de placer.
Nacida en Abejorral (1910), un pequeño pueblo antioqueño, pronto inicia sus estudios en Manizales para terminar en un internado católico de La Cumbre (Valle del Cauca). Muy pronto su vida transcurren en Cali, pues su padre, Ignacio Arango, fue un prestantes comerciante que abrazó de manera muy temprana al mercado estadounidense, en tiempos de bonanza económica posible gracias a la indemnización que los Estados Unidos de América le pagó a Colombia tras el affaire con Panamá, fenómeno que los historiadores suelen referir como la danza de los millones (1923-1931).
Hablamos entonces de burguesías que pronto se adentran en un refinamiento cultural que mira a Nueva York como su espejo por excelencia y que hacen del inglés una de las claves cotidianas de trabajo. A su manera, con el espíritu imprecavido de su juventud, Esther Arango buscó vivir las expresiones más festivas de una belle époque, de esos desenfrenos que nos resultan de alguna manera familiares gracias a tantos apartes de la obra de F. Scott Fitzgerald, en piezas como The beautiful and the Damned (1922) y The Great Gatsby (1925).
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Bien lo dice uno de sus personajes femeninos en El amor, cuento que Esther Arango Peláez publicó en 1928: “Un inmenso sacudimiento la envolvió mientras pensaba con delicia en un cadencioso fox, llevada entre los brazos fuertes de aquel hombre. Pero no, imposible. Él no bailaba nunca, nunca y no sería ella quien le manifestara su deseo”. Algo parecido sucede esta vez en Al fin unidos (1928), cuando dos jóvenes se encuentran y bailan al calor de una “orquesta que desgranaba lentamente los melancólicos sones de un tango arrobador y triste”, al menos hasta que la corta duración de la pieza lo permite, pues con su fin “todo había recobrado su aspecto anterior y hasta los últimos sones del tango se desvanecieron y se perdieron en la noche lentamente como para borrar toda constancia y todo recuerdo de aquel mágico sueño”.
Fotografía Esther Arango, década de 1930

Sin embargo, la biografía y los cuentos de Esther Arango Peláez lejos están de agotarse en el hedonismo, en una entrega irredenta al placer, y poco más. Ya en una entrevista que brindó en 1932, justo antes de salir de Colombia para vivir en los Estados Unidos, Esther no puede dejar de mencionar su gusto por The Man Nobody Knows (1925) de Bruce Barton como el mejor libro que había leído, elogiando su análisis de Jesucristo como el fundador de los negocios modernos.
Además de ello, en los cerca de 50 cuentos que escribió entre 1928 y 1930, inicialmente en prensa y luego publicados como libros, se puede rastrear un horizonte de sentidos en donde el amor, el engaño, la enfermedad, el sufrimiento, las pesadillas, el crimen, el suicidio, la aviación, el automovilismo y -literalmente- el accidente de tránsito se atraviesa entre personajes, escenas y desencuentros. Tomemos entre manos otro de sus cuentos, El mal de Lázaro, hasta escuchar las palabras entre dos amantes leprosos antes de caminar juntos y de la mano hacia el mar para morir en sus entrañas de agua: “los dos estamos muy enfermos y yo más que tú. Mis miembros contaminados no tardarán en caerse a pedazos como pétalos de una flor que se deshoja y yo no quiero que tú presencies mi agonía como yo presencié la de mi madre. Y sería para mí muy duro también, ver como tú te irás acabando poco a poco”.
En otras ocasiones, en otras páginas, Esther Arango sorprende al lector con rasgos de fordismo literario, en realidad un entusiasmo ante la presencia del automóvil en el espacio urbano, en cada encuentro entre calles, o incluso, ante los encantos de la pantalla y el mundo del cine silente que entregaba la actuación de Eleanor Blevins, la célebre actriz y automovilista estadounidense, ejemplo por excelencia de la invención de un estrellato que contribuyó desde el mundo del mass media a la construcción de identidades y hasta a la idealización de un estilo de vida moderno que Esther siempre resaltó. No cuesta mucho recordar en otro se sus cuentos, Carrera fantástica, aquella persecución obsesiva que acusa una mujer joven sobre el volante, a quien “nada le importaba correr y correr con tal de no tener la satisfacción de no ser alcanzada por un hombre impertinente”
Eleanor Blevins, calles de Nueva York, 1916

Aun para los más apasionados bibliómanos encontrar libros de Esther Arango resultará bastante difícil, pues parecen heredar un silencio que se extiende hasta nuestros días, condición de trabajo para quienes se aventuran en su búsqueda entre bibliotecas, librerías, anaqueles y subsuelos derruidos de viejos archivos. Anotemos que al menos para el caso del sistema de bibliotecas colombianas, tan solo se conserva un único ejemplar de su segundo libro, mientras que de Sepultada en vida tan solo se ha identificado un ejemplar que reposa en las colecciones de la New York Public Library. Esa situación contrasta con la suerte de escritoras hispanoamericanas como Delmira Agustini (Uruguay), Juana de Ibarbourou (Uruguay), Alfonsina Storni (Argentina), Margarita manso Robledo (España) y una larga sombra más, cuyas obras han encontrado trabajos de reedición, crítica y hasta divulgación.
Detalle portada Sepultada en vida (1929)

Comprender y visitar la vida y obra de Esther Arango, por una parte, obliga a preguntarnos por su suerte en Colombia y Nueva York, bajo el eco acuciante del nombre de su primer libro, sepultada en vida, porque refleja la fuerza de inercia de una sociedad culturalmente tan conservadora como la colombiana de ese entonces, ante la avezada apuesta de una joven por valerse de las letras para vivir, por escapar de ese destino manifiesto en toda joven de elite mediante alianzas matrimoniales impuestas. Nosotros creemos que la joven Esther Arango, lectora y apasionada por la literatura estadounidense, pronto encontró en los Estados Unidos su mejor abrigo, un mundo para expresarse desde una autonomía constitutiva como principio máximo de vida.
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Al menos desde mediados de la década de 1930 la joven escritora trabaja para comerciantes cafeteros que necesitan representación en Nueva York, años después inicia su ciclo laboral dentro de los canales diplomáticos colombianos en la misma ciudad, en 1949 consuma su petición de naturalización como ciudadana estadounidense ante el District Court for he Southern District of New York, luego trabajará como secretaría bilingüe para F.L Smith, una firma de ingenieros aún asentada en New Jersey.
Su vida transcurre en la agitada ciudad de Nueva York, pero luego prefiere la calma bucólica y rural de Elmsford, donde su jubilación le permite hacerse de un terreno amplio, con una típica casa de troncos, con una chimenea en piedra para vencer al invierno, con un mobiliario en el que destacan los envases de vidrios de colores para los licores, animales de caza disecados y la calma sempiterna de un lago justo en sus inmediaciones. A esa casa llegaron sus familiares colombianos, entre ellos, su sobrino, José Ignacio Gambia, cuyos recuerdos nos hablan de una Esther inmersa en la vermicultura para plácemes de tantos pescadores a su alrededor, siempre leyendo libros y magazines que terminaban llenos de anotaciones y traducciones, pero, ante todo, era claro que Esther “había salido de Colombia para nunca volver, ella nunca se notó interesada en regresar”.
Sabemos que al menos desde finales de la década de 1980 Esther Arango vivió en Brownsville (Pensilvania), cerca de Allentown, parte del corazón del viejo Cinturón del Acero, cuya desindustrialización Billi Joel inmortalizó con los versos “well, we are living here in Allengton / and they are cloing all the factories down” en la homónima canción de 1982.
A pesar de todo, Esther Arango morirá en Bogotá (1996) porque sus familiares evitaron esa muerte en soledad que se ha convertido en un flagelo de los países industrializados, cerrando una vida casi que al unísono con el fin del siglo XX, pero que, en no pocos casos, no es más que una consecuencia de ese llamado fervor por la autonomía y la libertad para construir una vida encarnado en gustos literarios, en dimensiones bohemias, en el inglés como lenguaje y sistema sociocultural, pero sobre todo, en el marco de posibilidades que ofreció un agitado siglo XX estadounidense, con sus bemoles, momentos y contradicciones encarnados en New York, Elmsford, Brownsville…. Es todo.
Publicado el 04 de Junio, 2025
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